Glaucoma

El Glaucoma es una condición en la cual la presión intraocular se mantiene elevada durante períodos de tiempo prolongados y sin producir síntomas, conduciendo a daños irreversibles en el mecanismo de la visión. Se caracteriza por la reducción del campo visual ocasionada por una excesiva presión de líquido ocular contra el nervio óptico.

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Causa principal de ceguera en el mundo

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o más de los afectados son mayores a 65 años

El daño en el nervio óptico se manifiesta primero con pérdidas irreparables en la visión periférica – es decir las áreas de visión arriba, a los lados y abajo – para luego llegar al nivel de afectar la visión central sino se sigue ningún tipo de tratamiento con un oftalmólogo.

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El principal factor de riesgo que puede desencadenar un glaucoma es la hipertensión ocular. Por lo general, esta condición ocurre porque, por diferentes causas, el humor acuoso (líquido que baña el interior del ojo) no drena correctamente y se acumula, ejerciendo una presión excesiva sobre el nervio óptico y causándole un “estrés” que no puede soportar.

Sin embargo, hay personas con la presión intraocular elevada que no tienen glaucoma y pacientes con valores normales (menos de 21 mm Hg de presión) que, por el contrario, desarrollan la patología.

Hay que tener en cuenta que el glaucoma no es solo la consecuencia de un defecto “mecánico” del sistema de drenaje del humor acuoso, sino que se trata de una enfermedad multifactorial cuyo origen todavía es poco conocido. Se está investigando en este campo y se sospecha que los problemas vasculares pueden estar asociados a los casos de glaucoma con presión intraocular normal, ya que los vasos sanguíneos del interior del globo ocular son de los más finos del cuerpo y, por tanto, especialmente frágiles.

Por otro lado, la predisposición genética es un factor de peso en determinados tipos de glaucoma, como el primario de ángulo abierto (familiar) –el más común– o el congénito –que aparece en los primeros meses de vida– y el juvenil.

¿Cómo se puede prevenir?

La clave para prevenir el daño irreversible que produce el glaucoma en el nervio óptico es el diagnóstico precoz de la enfermedad para poder controlarla antes de que siga evolucionando. Dado que en la mayoría de casos no provoca síntomas hasta fases avanzadas de la patología, se recomienda someterse a revisiones oftalmológicas cada dos años a partir de los 40, edad en la que se activa el proceso degenerativo del ojo y empieza a aumentar la incidencia del glaucoma.

Asimismo, se aconseja que los controles sean anuales en personas con alguno de los siguientes factores de riesgo:

  • Edad (mayores de 60 años)
  • Antecedentes familiares de glaucoma
  • Hipertensión ocular
  • Miopía o hipermetropía alta
  • Otras enfermedades oculares, como patologías de córnea, retina, uveítis etc.
  • Traumatismos oculares
  • Ángulo iridocorneal (formado por la córnea y la esclera con el iris) estrecho
  • Raza negra o asiática

Los avances en equipos diagnósticos han contribuido a que el glaucoma se pueda detectar en estadios muy incipientes en la consulta oftalmológica. Para ello, es fundamental la exploración del nervio óptico, tanto de forma directa, observando el fondo de ojo, como mediante sistemas automatizadas de diagnóstico (OCT y HRT). Otras pruebas importantes son la medición de la presión intraocular (tonometría), así como el estudio del grosor de la córnea (paquimetría), la exploración del ángulo iridocorneal (gonioscopía) y la cuantificación del campo visual (campimetría).

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